PALABRAS DE NUESTRA HERMANA MAYOR, FCA. JAVIERA LEIVA GÓMEZ, EN LA FIESTA DE NTRO. PADRE JESÚS NAZARENO

Hace poco menos de un año que se rompió la normalidad de nuestras vidas y todo lo que estamos viviendo es extraordinario, dolorosamente extraordinario. Esta Fiesta de Jesús no podía ser de otra manera: es, tenedlo por seguro, una de las fiestas más extraordinarias que nuestra cofradía ha celebrado desde que un 1 de enero de la década de 1570 comenzara a festejar, en la entonces parroquia de Santo Domingo, la festividad del Nombre de Jesús. 

Casi cuatrocientos cincuenta años después de aquellas primeras fiestas de Jesús, en este extraño de 2021, hemos cumplido una vez más con la tradición mandada por nuestra fe. Y ello ha sido posible gracias a Don Sebastián Guerrero Fernández que con su sabiduría y humildad nos ha predicado esta Novena y Fiesta a Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Santísima Virgen de los Dolores, haciéndonos llegar el Evangelio hasta lo más profundo de nuestro corazón. En mi nombre, y en el de toda la Cofradía, le doy las gracias. Y quiero dar también las gracias a nuestro Capellán Don Antonio Vela por estar siempre a nuestro lado y apoyando todo aquello que hacemos para engrandecer la devoción de Úbeda a Jesús. 

Como os decía, hoy todo está siendo dolorosamente extraño. Yo, como Hermana Mayor de la Cofradía, tendría que estar dirigiendo estas palabras mías a una iglesia de Santa María rebosante de hermanos y devotos de Jesús. Pero Santa María presenta hoy un aspecto inédito,porque han sido muy pocos los que han podido acceder a la basílica. Las medidas establecidas por las autoridades sanitarias a fin de extremar los cuidados para frenar los contagios, han hecho que fueran muchos, muchísimos, los que se quedaran fuera. A ellos, a todos los que durante años y años han sido fieles a la cita con Jesús este domingo de enero, quiero dirigir mis primeras palabras. A todos los que han seguido esta fiesta en directo a través de Diez TV o de las redes sociales y a los que esta tarde la verán en diferido. Quiero que todos ellos sepan que hoy, de alguna manera, nos han llegado las oleadas de su fe, de su amor a Jesús Nazareno, de su inquebrantable devoción de ubetenses a esta imagen divina con la Cruz al hombro. Esta Santa María de hoy, tan vacía de personas, ha sido una basílica 

rebosante de espíritus, de espíritus dichosos y vestidos de morado contra los que nada ha podido la epidemia. 

Os lo dijimos el Viernes Santo: Jesús siempre sale. Os lo digo hoy: en enero, nada puede torcer la fiesta de Jesús. Jesús ha salido y ha celebrado su fiesta pese a las guerras y las revoluciones, pese a las plagas, pese a las epidemias. Pese a que no haya podido celebrarse ni su procesión del Viernes Santo ni su fiesta de enero: Jesús siempre ha salido, Jesús siempre sale, Jesús siempre ha estado, Jesús siempre está. Porque Jesús, este Jesús nuestro, es algo más que una simple imagen de madera: es una herencia preciosa, cargada de espíritu y de emociones, que trasciende lo que somos y que nos llega como una oleada de generosidades, como una flecha de fe desde las generaciones que nos antecedieron. 

Jesús ha sido el refugio inquebrantable al que, junto a la Virgen de Guadalupe, el pueblo ubetense ha acudido en sus horas de dolor, en horas tan amargas como éstas que vivimos. En Jesús han encontrado los ubetenses, consolación de sus tristezas, alivio en las cruces de su ansiedad, esperanza para sus noches oscuras. Han pasado las generaciones, han pasado los siglos, han pasado las guerras, han pasado las epidemias… y ha quedado Jesús. Porque Jesús siempre se queda. Porque Jesús siempre está. 

Jesús como refugio. Jesús como proyecto vital. Jesús como punto de encuentro. Jesús como consuelo. Jesús como esperanza. Jesús como cirineo de nuestros dolores. Jesús como hermano de nuestras limitaciones. Jesús como transformación de nuestras angustias. Jesús como protector divino, trascendente, de la ciudad de Úbeda: nada ni nadie han podido nunca acabar con esta fe robusta del pueblo ubetense a la imagen de Jesús. Tampoco podrá el coronavirus. 

Esta epidemia nos está golpeando con una fuerza que no podíamos imaginar los arrogantes habitantes de la Tierra del siglo XXI. Creíamos que todo estaba bajo nuestro control, y la Naturaleza nos ha demostrado cuán frágiles somos nosotros y nuestras cosas. Todo se 

quiebra ante las oleadas de la epidemia, menos la fe. Todo parece derrumbarse menos esa fe que nosotros vestimos de morado y que tenemos que transformar en una fuerza de compromiso y solidaridad para que, juntos, unidos, podamos salir de todos los abismos que desde marzo de 2020 se están abriendo bajo nuestros pies. 

Jesús nos ofrece un vértice para la unidad. Hacia Él podemos hacer converger las líneas de todos nuestros proyectos personales. Él estará siempre esperando nuestras plegarias, nuestras oraciones y en el fondo del corazón nos responderá con la melodía del “Miserere” cuando nos acosen los truenos de la enfermedad o del paro o de la ruina económica. 

Porque desde hace más de cuatro siglos Jesús se ha quedado cuando todo se desmoronaba, el mío quiero que sea hoy un mensaje de esperanza, un mensaje de esperanza que rebosa fe en este Nazareno. Sé que juntos podremos superar la epidemia. Sé que juntos podremos reparar las heridas de la enfermedad y de la muerte, las heridas de tantos empleos destruidos, de tantos pequeños negocios cerrados, de tantas empresas que no resisten. Sé que juntos podremos sostener a los que desfallecen, cansados ya de mascarillas, de lejanías, de restricciones. Sé que juntos afrontaremos con éxito la campaña de vacunación y eso nos permitirá, en enero del año que viene, llenar estas naves de Santa María de nuestra devoción de siglos. 

Y sobre todo, sé que juntos podremos llenar más pronto que tarde la Plaza de Santa María, y que cuando amanezca el Viernes Santo volverá Jesús a asomarse al arco de la Consolada y el Miserere se levantará sobre las piedras centenarias. Y volveremos a sentir, claro que sí, como se nos eriza la piel del alma al sentir el cosquilleo de todos nuestros difuntos. 

Juntos, como hermanos de Jesús, podremos volver a demostrarle al pueblo creyente de Úbeda que pasa el tiempo, pasan los hombres y las mujeres, pasan los hechos históricos, pasan las edades… y Jesús se queda. Porque Jesús no está hecho de madera sino de fe. Porque Jesús 

no está hecho de pasados muertos sino de tiempo cargado de emoción para el futuro. Porque Jesús empuja hacia adelante a los que no pueden cargar con su cruz. Porque Jesús lleva cuidando de nosotros muchos siglos y lo sigue haciendo hoy, en estos días extraordinarios. En silencio, como siempre lo ha hecho, trabajando su amor en el fondo de nuestros corazones. Porque es allí donde Jesús siempre sale, donde Jesús siempre permanece, es allí de donde no han podido borrarlo ni la historia ni las modas ni las guerras ni las epidemias: del fondo de nuestros corazones. Y desde allí, Jesús nos pide que miremos al futuro. Con el optimismo responsable que da la fe. Siendo conscientes de todo el dolor causado por la epidemia. Pero asumiendo nuestro compromiso evangélico de hacer un mundo mejor donde nunca más haya personas que se mueran solas en los corazones de los hospitales, un mundo más humano, más digno, más decente. Un mundo hecho a imagen y semejanza del Reino de Dios. 

Que Jesús nos de fuerzas y nos consuele, para que pronto, todos podamos encontrarnos delante de su rostro dando las gracias por tanto como hemos recibido. 

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