JUAN PASQUAU: ACTUALIDAD Y REFUGIO

ACTUALIDAD DE JUAN PASQUAU.— El XXV Aniversario de la Muerte de Juan Pasquau pasó desapercibido para la ciudad y sólo a toro pasado, ya en la Semana Santa de 2004, la Cofradía de Jesús —su Cofradía de Jesús— se hizo eco de la efeméride, dedicando su revista anual de modo muy especial a recordar la figura de Juan Pasquau. Diez años después, cuando se cumple el XXXVº Aniversario de su Muerte, el único recuerdo que Úbeda le preste a su biógrafo será el que le brinde esta revista, que vuelve a acercarse a la figura de Juan Pasquau y a centrarse en ella. ¿A la figura, sólo a la figura? No, no es así: no se trata sólo de mirar al Juan Pasquau escritor, cronista, maestro o periodista, porque ese Juan Pasquau ya tiene un colegio, una biblioteca o una calle. Se trata de mirar en la dirección del otro Juan Pasquau: del Juan Pasquau persona, del hombre Juan Pasquau. Y es que ocurre muchas veces: cuando miramos al personaje se nos olvida la persona. Hay casos en los que el personaje funciona como una especie de envoltorio artificial y artificioso de la persona que ésta pueda ponerse de cara a la galería y para pasar a la historia pero que luego se quita en la intimidad. Y es que hay personas personajes que por un lado son la persona y por otro el personaje: suelen pertenecer a la estirpe de todo lo que pasa, porque aquel que desliga su persona y su personaje —aquel que desliga lo que es y lo que hace en la vida— es un mero actor, un simple actuante y, como tal, esencialmente pasajero: el personaje sin cimiento en la persona está llamado a ser borrado por las brisas inagotables de la historia.

            Quedan, sin embargo, siempre quedan, las personas en las que el personaje no es más que la transfiguración hacia fuera de lo que alienta y calienta en su fondo humano. Juan Pasquau es uno de esos personajes. No hay en él impostura ni actuación ni las parcelas que ocupan la persona pública o el escritor pueden deslindarse de la heredad radicalmente íntima en que anida la persona. Todo, en Juan Pasquau, conforma una unidad sorprende y es esa fecunda sinceridad nacida de la unidad lo que lo hace estar de permanente actualidad. Porque Juan Pasquau, treinta y cinco años después de su muerte, sigue siendo un personaje y una persona, un hombre en definitiva, plenamente vigente. Ni el tiempo ha pasado por él ni las muchas transformaciones operadas en el mundo desde su muerte han apolillado o hecho envejecer sus escritos, sus apuntes, sus reflexiones, sus cartas. Juan Pasquau no conoció muchas realidades sociales que hoy, pese a ser controvertidas, hemos asumido plenamente; Juan Pasquau no conoció Internet ni la caída del comunismo; más cerca, Juan Pasquau no vivió los grandes cambios de nuestra Semana en los últimos años ni vio como la UNESCO declaraba Patrimonio Mundial a Úbeda y Baeza. Y sin embargo, muchos escritos de Juan Pasquau nos ayudan a reflexionar sobre todas esas cuestiones, nos plantean interrogantes que afectan a los mismos y esbozan respuestas que pueden ayudarnos a construir nuestra propia posición frente a estos temas. Es esa la actualidad de Juan Pasquau, la incuestionable actualidad de Juan Pasquau.

            Juan Pasquau está hoy de actualidad porque Juan Pasquau habla siempre sobre lo permanente de la persona. Es cierto que lo hace desde una atalaya cristiana, pero eso no lo convierte en un escritor católico, según acepción al uso: Juan Pasquau no es un beato ni sus escritos aburren a un rebaño de corderos, como los de otros muchos escritores catalogados como cristianos. Porque el hombre cristiano Juan Pasquau es un hombre que escribe para dialogar, para establecer una permanente conversación con sus lectores. Para ello Juan Pasquau parte siempre de los problemas constitutivos de la persona y de sus temas permanentes de reflexión: al hablar de la vida y la muerte, de la fe y de la duda, de la angustia y la esperanza, de la contemplación de la belleza o del espanto ante el horror, Juan Pasquau se adentra en lo esencialmente humano, pues fue a fuerza de pensar sobre estos temas que nunca ninguna filosofía ha podido caducar como nació la humanidad de los humanos. Por eso, por los temas humanos —demasiado humanos— sobre los que habla Juan Pasquau, es posible encontrar en él siempre una propuesta, una sugerencia. Y esa otra de las grandes virtudes de Juan Pasquau: Juan Pasquau es un hombre que no grita ni impone, no hay rastros de inquisidor en su posición de creyente. La obra de Juan Pasquau y el ejemplo personal del que nos hablan quienes tuvieron la suerte de conocerlo, es un inmenso tratado sobre la tolerancia y sobre algo mucho más importante que la mera tolerancia: Juan Pasquau construye con su vida y su obra un tratado de comprensión del otro.

            Casi de manera imperceptible, Juan Pasquau va tejiendo un discurso literario pero sobre todo vital, en el que ofrece sus creencias y sus ideas; las ofrece, pero no las impone. Juan Pasquau traza un mapa e invitar a transitar por él, a andar sus caminos, a perderse en sus laberintos —hay también, no lo duden, laberintos y dudas en Juan Pasquau: no dejemos que los ortodoxos secuestren ese pizca de heterodoxia, mezcla de escepticismo y de humanidad doliente y asustada, que adereza la persona y el personaje de Juan Pasquau y que es lo que lo convierte en un clásico—, a parar en sus posadas. Pero invita, simplemente: en cada artículo o en cada anécdota que ilustran sobre su persona hay siempre una puerta abierta para entrar y una ventana también abierta para que pueda salir el que quiera. Juan Pasquau —que no se arrebata nunca de esa furia cainita y excluyente tan cara al modo español de entender la vida— es un hombre y un escritor esencialmente amable, de una cordialidad tan rotunda que desarma cualquier artilugio cortante que podamos esgrimir cuando nos topamos con un argumento suyo que no se amolda a los nuestros. 

JUAN PASQUAU COMO REFUGIO.— Es tan fácil sentirse cómodo ante la figura y la obra de Juan Pasquau que necesariamente crece su protagonismo como refugio. Nos interesa ahora —al fin y al cabo estamos ante una publicación cofrade— el refugio que como cofrades nos ofrece Juan Pasquau.

            La obra de Juan Pasquau Guerrero es fundamental para entender la Semana Santa de Úbeda: antes de Juan Pasquau ya existía la Semana Santa de Úbeda, con sus cristos y sus tronos y sus marchas, pero antes de Juan Pasquau la Semana Santa carecía de un discurso moral que dotara de armazón y esqueleto su sentimentalidad. Es Juan Pasquau, a través de sus muchas reflexiones, el que construye un modo específicamente ubetense de entender y vivir la Semana Santa y de enfrentarse al sentido profundo de la misma.

Juan Pasquau irrumpe plenamente en la vida social de Úbeda durante los años cuarenta, cuando Úbeda, tras el desastre que supone la Guerra Civil, tiene que acometer la tarea de restaurar sus cofradías y de adquirir nuevas imágenes, nuevos tronos. La Semana Santa de la postguerra se reconstruye a imagen y semejanza de la fenecida en 1936 —conserva sus músicas y sus horas, sus ambientes y sus emplazamientos, sus citas seculares y sus emociones— y se acrecienta con nuevas fundaciones y nuevos esplendores. E inmerso en esta vivificante tarea semanasantera, Juan Pasquau construye reflexiones tan intensas y tan hondas al hilo de las vivencias de Semana Santa que son sus palabras las que acaban dando forma y perfil a la Semana Santa de Úbeda, cerrando un modelo con discurso y sentido. La Semana Santa de Úbeda posterior a 1939 es la de Palma Burgos, Vasallo, Ruiz Olmos o el maestro Herrera Moya, pero es, sobre todo, la Semana Santa de Juan Pasquau. No es que antes de Juan Pasquau no hubiese habido acercamientos reflexivos a la Semana Santa, pero es cierto que hasta Juan Pasquau esa interpretación no tiene la vocación conformadora y constructora que tiene la obra de Juan Pasquau. Porque es Juan Pasquau el que evita que esa Semana Santa se disgregue y se disperse, porque es él el que con su discurso y su interpretación integra las variadas piezas que la componen en un todo coherente, armónico y complementario. Gracias a Juan Pasquau, la Semana Santa de Úbeda va montando un armazón sostenible compuesto por imágenes, tronos, marchas, bandas, corros de chiquillos, banderines y puritos americanos, publicaciones, pregones, campanillas, lamentos…, y todo ello insuflado de una honda, sincera religiosidad.

Cuando Juan Pasquau muere, hace treinta y cinco años, la Semana Santa de Úbeda era una Semana Santa potente, con músculo. La musculatura se la daban un número exacto de procesiones en el que nada falta y nada sobra para ofrecer un mensaje —el mensaje al modo ubetense— rotundamente religioso a la par que intensamente popular y sentimental sobre la Pasión y la Muerte de Jesús. Un número justo de procesiones que se complementan y no se superponen, que discurren narrativamente de manera ordenada y sucesiva, y que entre sí dejan espacios en blanco en los que pueda ser posible la reflexión, el pensamiento, el acercamiento al fondo de cada uno de nosotros en el que se van posando las emociones de la Semana Santa. ¿Y la Semana Santa de Úbeda? Ah, la Semana Santa de Úbeda ha perdido en todos estos años músculo y ha ganado grasa. Arrebatada por el horror vacui, ha creído que las horas ofrecidas para la meditación o el puro paseo —el día de Lunes Santo, la noche del Jueves Santo— era fallos de un sistema erróneo que había que rellenar cómo fuese, sin interrogarse sobre el sentido de lo que se hacía. Y sí, ahora nuestra Semana Santa ya no tiene huecos libres, ya todo el tiempo que puede ocuparse está ocupado por procesiones que superponen y que cifran su sentimiento y religiosidad en estar más y más horas en la calle. Ganar en cantidad no es ganar en calidad y aumentar la masa puede conllevar la disminución del músculo, oculto y agobiado bajo la grasa de los superfluo, de lo innecesario. Las horas en blanco se han rellenado con procesiones, la austeridad se ha tapado con aderezos nuevos, el silencio se ha colmatado con nuevos sonidos tantas veces ajenos: por contraste con todo esto que desborda y desmonta el modelo semanasantero de la postguerra sin sustituirlo por uno nuevo, Juan Pasquau sigue ofreciendo un refugio, una calidez para un alma a la que en Semana Santa ya no le sirve con atajar por los callejones empedrados sino que tiene que programarse con rigor informático para poder ver todas las procesiones, de tantas como son y tan a la par que se producen.

Y sin embargo, se agradecen las reflexiones de Juan Pasquau, su fina percepción del sentido último de nuestras procesiones —al menos de esas procesiones que ya existían cuando él escribía— , su serena invitación a dejar que el alma se sienta transida por una emoción que no es nuestra ni nosotros podemos modelar porque viene de otros siglos y a otros siglos está dirigida y que a nosotros solamente nos atraviesa. Si pensamos que nuestra Semana Santa es demasiado atosigante, demasiado ruidosa, si creemos que está demasiado recargada y demasiado fofa, siempre tendremos el refugio que nos brinda Juan Pasquau. Lástima que sus artículos sobre la Semana Santa no estén recogidos en un libro que nos permitiera apartarnos del ruido de unas procesiones cada vez más pensadas para el turismo o para el escaparate, un libro con el que recluirnos en la soledad de una habitación con vistas a la noche estrellada en la que leer mientras suenan de fondo La Pasión según San Mateo de Bach o las viejas marchas, las emocionadas marchas de Don Victoriano. Porque Juan Pasquau nos habla de una Semana Santa de Úbeda en la que  Dios —lo divino, lo trascendente, lo misterioso y luminoso— podían enredarse en los mecanismos de lo cotidiano: era fácil que Dios se hiciese madeja con una cuerpo en el que lo popular y lo religioso eran todo médula, hueso y músculo. Ahora, sin embargo, parece que entre tanta grasa al misterio inmenso al que en realidad apela la Semana Santa solo le queda resbalar y pasar por entre la marabunta de procesiones sin dejar huella ni poso.

Por Manuel Madrid Delgado. 

(REVISTA JESÚS núm. 57, Año 2013)

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